25 febrero 2007

El campo: sucursal de la ciudad

Si queréis hoy disfrutar del silencio y la paz, olvidad “lo rural”. Quienes os recomienden pasar unos días de paz en un pequeño pueblo y en contacto con la naturaleza o no os quieren, o están sordos. No hay pequeño pueblo en España que no cuente hoy con unas cuantas urbanizaciones cercando los pocos montes que queden. Si es entorno a Madrid u otra gran capital, peor aún.

Os encontraréis con los macarras de pueblo en sus coches tuneados, con el vecino que descubre que la mejor hora para cortar la leña con su sierra mecánica es la primera de la mañana. También os encontraréis con este vecino y otros cien que no se resisten al encanto de una barbacoa al atardecer-anochecer-madrugada, con una buena ración de chunda-chunda acompañándola. Y con los perros de los vecinos (me refiero a sus animales), que se pondrán de acuerdo en darte un recital de aullidos a la hora en que empiezas a descansar de la barbacoa de sus dueños. Por supuesto, las motos de cross van ahora acompañadas de su evolución mutante: los quads. Y estos atronarán el campo, el pueblo y estoy seguro de que , si pueden irán a comulgar a la iglesia sin bajarse del quad (no lo veré aunque ocurra).

Hemos conseguido llenar los pueblos de todos los inconvenientes de la ciudad pensando que estábamos llevando a ellos las comodidades. Al final se han convertido en exposiciones de feísmo (lo peor de los arquitectos debe estar trabajando en estos pueblo) y además, dada la rapiña de suelo que sufre España, extendidas por todo el territorio sin lugar alguno para que la vista descanse.

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